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Opiniones

Cuba, memoria y justicia

Policías cubanos piden identificación en las cercanías del Paseo de El Prado, en La Habana. Archivo el Nuevo Herald

De la reconciliación y el perdón se le habla mucho a los cubanos. Sobre todo a los cubanos del exilio. Habla la Iglesia de Cuba, la Iglesia de Miami, los empresarios que quieren hacer negocios con Raúl, los funcionarios de Obama, los artistas que van y vienen de La Habana. Quien no crea en la reconciliación y el perdón es un apestado. Un recalcitrante emisario del ayer.

Pues bien. Yo no creo en la reconciliación ni el perdón. Creo en la memoria y la justicia. Sin memoria ni justicia Alemania no hubiera superado el nazismo ni Japón su genocida vocación imperialista. ¿Alguien puede citarme mejores ejemplos de transición democrática? La reconciliación y el perdón son construcciones culturales. Pero la memoria y la justicia tienen una concreta y universal implementación institucional. Aclárese que a los cubanos no nos piden la reconciliación y el perdón para enterrar a la dictadura sino para perpetuarla.

Las transiciones de España, Chile y el resto del Cono Sur ocurrieron en un marco controlado culturalmente por la izquierda, y constitucional y económicamente por la derecha. Son ejemplares en la medida en que mantienen, a veces a tropezones, la alternancia en el poder y la economía de mercado. Sin embargo, son imperfectas por su incapacidad de suprimir las tendencias totalitarias que corroen el orden democrático desde la enseñanza, las artes y los medios. Juzgan a Pinochet y le erigen estatuas a Allende. Cuentan y recuentan las atrocidades de Franco y se les disculpan a los comunistas que actuaban como meros matarifes de Stalin.

El mandato de la corrección política (un fenómeno de censura y control del discurso de las democracias por parte de la izquierda) relega a las más íntimas tertulias unas valoraciones históricas que debían estar en los libros de texto: tal como los crímenes de Franco, Pinochet y sus facsímiles del Cono Sur no deben condonarse en aras del anticomunismo, es aberrante elevar como mártires de las libertades a quienes se comprometieron en cuerpo y alma a la instauración de un horrendo proyecto totalitario. Pasan los años y la izquierda ni se reconcilia ni perdona, al tiempo que la derecha se priva de la memoria y espera por la justicia.

Cada revolución engendra su contrarrevolución. Nadie sabe si la de Cuba será de terciopelo o de plomo. En cualquier caso, Fidel y Raúl ponen a los cubanos de la isla ante una opción radical: continuidad dinástica o baño de sangre. A la corta o a la larga, a las buenas o a las malas, un día se alzará esa gran ola contrarrevolucionaria (dicho sin complejos de inferioridad) que nos deje la página en blanco. Para volver a escribir que el bien no está llamado a reconciliarse con el mal sino a derrotarlo. Que el perdón desestima la ofensa en lo individual pero no la absuelve en lo colectivo.

El reclamo abstracto de la reconciliación y el perdón conviene a la coyuntura actual de la dictadura. Se convierte, de hecho, en uno de sus instrumentos, toda vez que siempre alguien se presta de buena o mala fe a sacrificar su integridad (y la de los otros) en los altares de la confusión o la oportunidad. No así la memoria y la justicia, que exigen un inmediato, plural y garantizado espacio para su ejercicio, es decir, un estado de derecho.

Odiar, a ninguno. Pero la mano encallada de cargar maletas al llegar a Miami, la mano que escribió mis primeras palabras en libertad y acarició las doradas cabezas de mis hijos, no se la voy a tender a la gente que me destruyó el país.

[Publicado inicialmente en El Nuevo Herald]